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El impacto del Legado de César Chávez

  • "Ni César ni mi padre ni madre, sabían el legado que me estaban dejando."

Somerton, Arizona– Emma Torres, directora ejecutiva de Campesinos Sin Fronteras, escribió un ensayo en inglés, sobre la influencia en su vida de César  Chávez y sus padres.


Emma Torres

Este escrito fue realizado por el medio digital “Equal Voice News”, dentro del marco de la ‘Celebración del Legado del Líder de los campesinos César E. Chávez’, y cómo su ejemplo, cambió el rumbo de ella y de su familia. Esta es la traducción del documento.

Tenía 11 años de edad cuando mis padres me trajeron desde México a los Estados Unidos. Ambos eran trabajadores agrícolas migrantes de Guanajuato, México. Mi padre vino a Estados Unidos como bracero (trabajador huésped) durante la Segunda Guerra Mundial para cosechar los campos en ausencia de los trabajadores que se habían ido a la guerra.

Ni mi padre ni mi madre contaban con estudios de más de segundo grado de primaria, pero eran personas trabajadoras que dejaron a mis hermanos, hermanas y a mí, un legado — el legado del servicio, del trabajo duro y de la honestidad.

El diccionario define la palabra “legado” como una herencia o un patrimonio que se transmite de una persona a otra. Muchos de nosotros no pensamos acerca de nuestro legado, sobre todo si venimos de orígenes humildes — no creemos que tengamos un patrimonio para dejar a las generaciones futuras. La mayoría de nosotros no se imaginan el impacto que nuestras acciones o (o falta de ellas), tienen en esta generación y las que vendrán.

Ese es el gran “Legado” que César Chávez dejó a aquellos de  nosotros que lo conocimos y tuvimos el honor de escucharlo hablar durante un mitin en un parque o, en una de las largas marchas. No creo que alguno de nosotros tengamos un entendimiento exacto de lo que es nuestro propio legado, y el impacto que podría tener en los demás. 

Empecé a trabajar en la agricultura lado a lado con mis padres cuando tenía 12 años de edad. A los 13, dejé la escuela para ir a Arizona para seguir la ‘corrida’ (la cosecha agrícola de temporada). Yo era muy joven, llena de energía, trabajadora y muy orgullosa de estar ayudando a mis padres que no pensé que necesitaba una educación.

Pero había cosas que no me gustaban de trabajar en el campo. No me gustaba la forma en que la gente nos miraba haciéndonos sentir menos solo porque estábamos cubiertos de barro después de estar cosechando durante todo el día. No me gustaba cómo la gente nos miraba cuando entrábamos al banco para cambiar nuestros cheques porque dejábamos un rastro de lodo con nuestros zapatos. No me gustaba cuando los mayordomos y supervisores faltaban el respeto a los trabajadores, especialmente a los de edad avanzada, que no podían trabajar tan rápido como los más jóvenes.

Sólo sabía que no estaba bien y trataba de defenderlos, olvidando lo joven que era.

Sólo tenía 15 años de edad cuando mi familia se involucró en la huelga que organizó César E. Chávez en California durante los años 70. Mis padres, tías y tíos proporcionaron alimentos a cientos de ‘Chavistas’ que hicieron una parada en nuestra ciudad Soledad, California, durante una de sus marchas. Mis hermanos y yo no teníamos idea de que estábamos siendo testigos de momentos históricos que cambiarían nuestras vidas. Todavía no entendíamos lo que estábamos heredando de nuestros humildes y trabajadores padres y de ese gran líder.

Pero la idea de estar en la ‘lucha’ — la lucha por alcanzar la justicia social– se quedó grabada en nuestra mente al escuchar a un hombre que se parecía a nosotros gritar “que éramos seres humanos dignos y merecedores de mejores salarios, mejores condiciones de trabajo, acceso a baños, agua potable y sobre todo respeto…”. Eso era algo que no había oído antes y nunca lo he olvidado desde entonces.

Tenía yo, 24 años, cuando mi esposo, también un trabajador del campo, falleció de leucemia a los 25 años de edad. Sólo entonces me di cuenta de lo importante que era que yo aprendiera el idioma inglés. Me quedé viuda con dos hijos, un niño de tres semanas de edad y una niña de cuatro años, que iban a necesitar que les ayudara con su tarea y yo no iba a ser capaz de hacerlo con mi limitada educación. ¡Yo sabía que tenía que volver a la escuela para obtener mis diplomas de primaria y secundaria!

Fue entonces cuando vino a mi mente el ‘legado’ de lucha por un futuro mejor de César y de mis padres. Me di cuenta de lo pobre que éramos, y lo poco preparada que estaba para ayudar a mis hijos y a mí misma para enfrentar al mundo. Pero también me acordé de que en medio de los tiempos más difíciles, cuando mi esposo estaba enfermo y le era imposible mantenernos y estando yo embarazada tenía que cuidar de él, y de mi pequeña hija. Fue entonces cuando sus compañeros de trabajo — un total de 90 — le donaban un dólar cada uno, dinero que nos enviaban cada semana, para que no nos faltara comida.

Cosa que nunca he olvidado.

A pesar de lo que parecía como un futuro sombrío, tuve la bendición de contar con mi madre y hermanas, que me acogieron tanto a mí, como a mis hijos de nuevo en su casa.

Enseguida, yo comencé a asistir a una escuela para adultos para obtener mi GED. Por la noche, asistí a clases de ESL. Lo hice por dos años consecutivos. Yo sabía que tenía que mantenerme en la ‘lucha’ por un futuro mejor. Mis hijos y yo merecíamos un mejor futuro.

Dos años más tarde, ya había adquirido una mejor comprensión del inglés y ya había obtenido mi diploma equivalente a secundaria cuando me ofrecieron un trabajo en la oficina del WIC ( Mujeres, Infantes y Niños) — un programa de enseñanza de nutrición básica para mujeres latinas trabajadoras agrícolas migrantes. Lo tomé, a pesar de que eso significó enfrentar uno de mis miedos más grandes. ¡Tenía que hablar en inglés delante de la gente!

Pero en ese trabajo, descubrí mi pasión para servir a los demás y como trabajar con la comunidad.

Más adelante tuve otro puesto en un centro de salud comunitario donde aprendí sobre la salud pública y las herramientas necesarias para educar a mi pueblo para ayudarles a prevenir enfermedades. Trabajé durante 15 años como coordinadora de enlace comunitario y luego como administradora de una organización basada en la comunidad llamada “Puentes de  Amistad”, donde nos enfocábamos en la prevención del abuso de sustancias y la organización comunitaria.

Fue entonces que me di cuenta de que a pesar de los buenos programas comunitarios disponibles en nuestra comunidad, no existía ninguno que que específicamente representara y ayudara en las necesidades de las familias de trabajadores agrícolas.

En 1997, junto con un grupo de trabajadores, ex trabajadores agrícolas y miembros de familias campesinas decidimos que necesitábamos una organización que abordara los múltiples problemas de salud y sociales que las familias de trabajadores agrícolas enfrentaban. Necesitábamos un grupo no burocrático que también abogara por la justicia social y los derechos humanos.

Fue entonces que se nos ocurrió establecer Campesinos Sin Fronteras, Inc. (CSF), que fue incorporada como una organización no lucrativa de base comunitaria 501c3. Ahora, 16 años después, seguimos el legado de ayudar a los demás a través de una organización que cuenta con 25 empleados de tiempo completo, con cinco a tiempo parcial, y 30 voluntarios que llegan a miles de nuevas familias inmigrantes y de trabajadores agrícolas cada año.

Después de que obtuve mi GED, continué estudiando hasta que recibí mi maestría en trabajo social. Necesitaba ese título antes de mi nombre para demostrar que estaba bien preparada. Pero actualmente, lo que más confianza me da para realizar este trabajo, es mi fuerza interior, mis valores y mi llamado de servicio a los demás, que son el ‘legado’ de mis padres, unos humildes trabajadores agrícolas y el de César Chávez — ¡mi héroe!

Emma Torres es directora ejecutiva de Campesinos Sin Fronteras, que tiene su oficina principal en Somerton, Arizona. Traducción: Duvi Rodríguez/CSF


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